martes, 27 de enero de 2009

La película que Hollywood debería hacer sobre Cuba

Por Mary Anastasia O'Grady
The Wall Street Journal
La estrella de Hollywood Benicio del Toro no es un humorista, pero este mes pareció estar interpretando a uno cuando dijo que consideraba que el papel del héroe de la revolución cubana Ernesto Guevara en la nueva película Che era como el de Jesucristo.
"Sólo Jesús pondría la otra mejilla. El Che, no", explicó Del Toro. Claro. Y Bernie Madoff es la Madre Teresa, sólo que a ella no le interesaba el fraude.
Ya que el mes que viene marca el 50 aniversario de la dictadura de Castro, no sorprende que la industria del cine intente sacarle provecho financiero al celebrar a Guevara, un ícono de la cultura popular. Como uno de los lugartenientes de Fidel Castro en la Sierra Maestra y uno de los encargados de hacer cumplir sus órdenes en los años posteriores a la victoria rebelde, su nombre es sinónimo de la Revolución Cubana.
Es difícil encontrar películas interesantes actualmente y Che es un buen ejemplo del problema. Puesto que el glamour rebelde vende camisetas y tazas de café, ¿por qué no lanzar otra repetición maquillada de la vida de Guevara? O, más precisamente, alguna versión mítica de su vida, esterilizada para el mercado masivo. En tanto, la verdadera maravilla de los últimos 50 años en Cuba —la corriente constante de heroicos inconformistas que lo han arriesgado todo por su aspiración a pensar, hablar y actuar libremente— sigue siendo la historia épica sin contar de nuestra época.
Si el comentario sobre "Cristo" de Del Toro es tonto, no es nada comparado a la explicación del director de la película, Steven Soderbergh, de por qué nos debería importar el Che. Cosas malas ocurren en una sociedad cuando "las ganancias se vuelven lo único importante", le dijo el director a Politico.com. "El sueño (del Che) de una sociedad sin clases, una sociedad que no se construye sobre el fin de las ganancias, sigue estando vigente. Las discusiones que aún perduran son acerca de su metodología".
Dejando de lado por un momento la graciosa repulsión personal de Soderbergh hacia las ganancias, la "metodología" que él insinúa que es debatible también se conoce como asesinato. El Che tenía una "idea homicida de justicia", explicó Álvaro Vargas Llosa en The New Republic en 2005, luego de investigar su vida. En su "Mensaje a la Tricontinental", el Che dijo: "Odio como un elemento de pelea; odio inquebrantable por el enemigo, el cual empuja al ser humano más allá de sus limitaciones naturales, convirtiéndolo en una efectiva, violenta, selectiva y despiadada máquina asesina".
Los resultados de la agenda utópica del Che tampoco ofrecen mucho que admirar. Como explicó el autor Paul Berman en 2004 en la revista online Slate, "el culto de Ernesto Che Guevara es un episodio en la crueldad moral de nuestra época. El Che era un totalitario. Lo único que logró fue el desastre".
El argentino fue asesinado en 1967 en los Andes Bolivianos mientras intentaba propagar la revolución en América del Sur. Pero su visión de cómo gobernar sigue viva en la Cuba actual. Es una plantación de esclavos, donde un puñado de acaudalados hombres blancos imponen su "moralidad" sobre las masas, en su mayoría compuestas por negros, quienes sufren privaciones innombrables y las libertades civiles son nulas.
Hay algo rico en el hecho de que la élite de Hollywood, supuestamente de vanguardia y contracultural, haga causa común con el establishment privilegiado de Cuba en 2008. Sus víctimas —artistas, músicos, activistas de derechos humanos, periodistas, bloggers, escritores y poetas y otros a quienes les quitaron la libertad de conciencia— merecerían solidaridad por parte de sus colegas que viven en libertad. En cambio, un vanguardista consumado como Soderbergh se pone del lado del politburó.
El régimen cubano ama a sus apologistas. Los protegen y desvían las críticas internacionales mientras en casa el régimen brutaliza a su gente. Informes desde la isla indican que desde que Raúl sucedió a Fidel en 2006, la represión ha empeorado.
Oswaldo Payá, líder del Proyecto Varela, que recolectó más de 11.000 firmas para pedir elecciones libres y libertades civiles en 2002, afirma que en los últimos meses han recrudecido las medidas represivas, "con una feroz persecución contra los activistas del Proyecto Varela y otros miembros de la oposición, y el prolongado escándalo de no liberar a los prisioneros de conciencia".
Uno de los cautivos de Castro es Oscar Elías Biscet, un médico afrocubano que es reconocido por su compromiso con la resistencia pacífica y que cumple una sentencia de 25 años. Cincuenta y ocho periodistas, escritores y defensores de la democracia encarcelados en 2003 también languidecen en las deplorables cárceles de Fidel. El número total de prisioneros políticos no se conoce, pero sin duda es mucho mayor.
Las fuerzas de seguridad estatal y las brigadas de respuesta rápida —también conocidos como matones a los que se les paga para maltratar a los disidentes— han trabajado a tiempo completo este año. Pero a pesar del terror y la amenaza del encarcelamiento, el espíritu cubano aún lucha por la liberad.
Por lo menos cinco publicaciones de la resistencia ahora circulan en el este de Cuba. A la blogger de 32 años Yoani Sánchez le han advertido que no escriba, pero de todos modos ella relata la ridiculez de la economía del Che, dándoles una voz a los cubanos promedio que viven vidas desesperadas. Las Damas de Blanco, esposas, hermanas y madres de prisioneros de conciencia, aún caminan sin hacer ruido en La Habana los domingos. Bandas de rock se burlan del viejo dictador.
Esta es la maravilla de la revolución: cincuenta años de terror estatal no han silenciado a la resistencia. Tal vez algún día Hollywood haga una película sobre esto.

El gato y tío John

Por Alberto Benegas Lynch (h)
Diario de América
El maestro de una escuela trataba infructuosamente de explicarle a tres niños las motivaciones de los actos humanos. Una noche tuvo un sueño que aparentemente daba en la tecla y resolvió trasládaselo a su pequeña e incrédula audiencia. El diálogo se suscitó del siguiente modo en el que, en primer lugar, tomó la palabra el docente y luego, por turno, respondieron cada uno de los tres participantes frente a lo cual el profesor emitía su dictamen:

Henos aquí que un día compré un gato para satisfacer al tío John ¿Qué se les ocurre decir en torno a esta adquisición referida a los móviles de la acción?
Que está bien, siempre que el tío John sea el gato.
Respuesta incorrecta.
Que está bien, siempre que le agraden los gatos a su tío John.
Respuesta incorrecta.
Que está bien, siempre que el tío John sea usted.
Respuesta correcta.
A partir de ese momento el titular del sueño les dijo a los tres niños que el caso ilustra que toda acción se realiza en interés personal de quien la lleva a cabo. Esto, enfatizó, en el fondo es una tautología puesto que si no está en interés del sujeto actuante ¿en interés de quien diablos es?.
Hay acciones sublimes, las hay ruines y existen las corrientes aseveró el catedrático pero todas, en toda circunstancia, son en interés de quien la ejecuta. En este sentido, no hay acciones desinteresadas. En el lenguaje coloquial se suele hacer referencia a una acción desinteresada cuando no se espera dinero a cambio pero, en toda circunstancia, el acto se realiza para satisfacer a quien lo emprende.
Estaba en el interés personal de la Madre Teresa de Calcuta el cuidar a los leprosos. Esa era su preferencia y su escala de valores. En eso se define su calidad personal. Por su parte, estaba en interés de Al Capone el tener éxito en sus crímenes. Eso lo catalogaba como persona.
Adam Smith -continuó su perorata el educador de marras- explicó que lo atractivo del orden social libre es que cada uno siguiendo su interés personal, sin proponérselo, beneficia a los demás. En eso consiste la celebre metáfora de “la mano invisible” y la imperiosa necesidad de defenderse de lo que el susodicho maestro recordó es “el pie visible del aparato estatal” que, al intervenir fuera de lo que teóricamente es su misión específica de brindar seguridad y justicia, desarticula arreglos contractuales libres y voluntarios, genera descoordinaciones, faltantes y sobrantes que no permiten que las partes logren sus respectivos cometidos.
De allí es la tan conocida y citada frase del autor escocés en La riqueza de las naciones: “No debemos esperar nuestra comida de la benevolencia el carnicero, del cervecero o del panadero, sino que se debe a sus propios intereses. No nos dirigimos a su humanidad sino a su interés personal, y nunca conversamos con ellos de nuestras necesidades sino de su ventajas”.
En estos días que corren pareciera que en lugar de atender las necesidades del prójimo a través de transacciones comerciales son muchos los que pretenden el “apoyo” estatal, claro está, con los recursos forzosamente detraídos de los vecinos. El profesor terminó su clase del día repitiendo un cuento que por entonces circulaba: en un comarca había un rey a quien acudieron a pedir “salvatajes” tres comerciantes de la zona argumentando que necesitaban “protección de la competencia”. El rey pidió tres filosas espadas y se las entregó a los visitantes y les dijo que el obsequio era para que se defiendan contra quienes ellos reclamaban la susodicha protección. Los así llamados comerciantes protestaron airadamente y manifestaron que sería horrible e injusto usar las armas contra supuestos atacantes, a lo que el rey, haciendo gala de una sorpresiva y poco usual sabiduría, les replicó: “Es también horrible que yo recurra a la fuerza gubernamental contra gente inocente”.
Los niños que escuchaban atentamente comprendieron no solo la motivación de las acciones humanas sino que entendieron que el uso de la fuerza debe ser únicamente de carácter defensivo.

martes, 9 de diciembre de 2008

Padres Fundadores: In memoriam


Por Alberto Benegas Lynch (h)
Diario de América
En esta oportunidad me limitaré a transcribir algunos textos breves de los Padres Fundadores en Estados Unidos para que los lectores saquen sus propias conclusiones y se formulen las reflexiones que estimen pertinentes, exentos de glosas y comentarios de cualquier naturaleza que sean.

James Madison (1792): “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad de todo tipo [...] Éste ha sido el fin del gobierno, sólo un gobierno es justo cuando imparcialmente asegura a todo hombre lo que es suyo”.
James Madison (1788): “Hemos oído la impía doctrina del Viejo Mundo por la que la gente era hecha para el rey y no el rey para la gente.¿Se revivirá la misma doctrina en el Nuevo bajo otra forma- que la sólida felicidad de la gente debe sacrificarse a las visiones de aquellas instituciones políticas bajo una forma diferente?”.
James Madison (1800): “Los poderes delegados por la Constitución propuestos al gobierno federal son pocos y definidos”.
George Mason (1780): “Ahora bien, todos los actos de la legislatura aparentemente contrarios al derecho natural y a la justicia son nulos, según nuestras leyes y deben serlo según la naturaleza de las cosas [...] en conciencia estamos obligados a desobedecer las constituciones humanas que contradicen [aquellos principios fundamentales]”.
Alexander Hamilton (1788): “Voy más allá y afirmo que el bill of rights , en el sentido y en la medida para lo que se pretende no sólo resultan innecesarios en la Constitución sino que pueden resultar peligrosos [...] Puesto que ¿para qué declarar que las cosas no se harán cuando no hay poder de hacerlas?”.
Thomas Jefferson (1789): “La tiranía de los legisladores es actualmente, y esto durante muchos años todavía, el peligro más temible. Lo del poder ejecutivo vendrá a su vez, pero en un período más remoto”.
James Wilson (1782): “En mi modesta opinión, el gobierno se debe establecer para asegurar y extender el ejercicio de los derechos naturales de los miembros; y todo gobierno que no tiene esto en la mira, como objetivo principal, no es un gobierno legítimo”.
Thomas Jefferson (1792): “Se necesita un gobierno frugal que restrinja a los hombres que se lesionen unos a otros y que , por lo demás, los deje libres para regular sus propios objetivos”.
Thomas Jefferosn (1787): “Una pequeña rebelión de vez en cuando es algo bueno y necesario en el mundo político, tal como las tormentas lo son en el físico”.
George Washington (1796): “Establecimientos militares desmesurados constituyen malos auspicios para la libertad bajo cualquier forma de gobierno y deben ser considerados como particularmente hostiles a la libertad republicana”.
Alexander Hamilton (1787): “La violenta destrucción de a vida y la propiedad en la guerra, el esfuerzo continuo y la alarma consustancial al estado de peligro permanente, hará que las naciones más apegadas a la libertad pidan reposo y seguridad a instituciones que tienen una tendencia a destruir sus derechos civiles y políticos. Para obtener seguridad estarán dispuestos a correr el riesgo de ser menos libres”.
James Madison (1780): “El ejército con un Ejecutivo sobredimensionado no será por mucho un compañero seguro para la libertad [...] El peligro extranjero siempre ha sido el instrumento de la tiranía dentro del país”.
Thomas Paine (1776): “La sociedad en todos sus estados es una bendición, pero el gobierno, aún en su mejor estado, constituye un mal necesario y en su peor estado, uno intolerable”.
Thomas Jefferson (1782): “Un despotismo electo no fue el gobierno por el que luchamos”.
George Washington (1795): “Mi ardiente deseo es, y siempre ha sido, cumplir con todos nuestros compromisos en el exterior y en lo doméstico, pero mantener a los Estados Unidos fuera de toda conexión política con otros países”.
Benjamin Franklin (1787): “Este esquema de gobierno será probablemente bien administrado en el curso de años y puede sólo terminar en despotismo, tal como ha ocurrido con otras formas antes que él, cuando la gente sea tan corrupta como para necesitar un gobierno despótico, siendo incapaz de ningún otro”.
Benjamin Franklin (1759): “Aquellos que renuncian a libertades esenciales para obtener seguridad temporaria, no merecen ni la libertad ni la seguridad”.
George Mason (1781): “Un repaso permanente de los principios fundamentales es absolutamente necesario para preservar las bendiciones de la libertad”.

jueves, 23 de octubre de 2008

Bush, acorralado por sus dislates

Por Alberto Benegas Lynch (h)
En Estados Unidos, la actual administración ostenta el oscuro privilegio de contar con la tasa de crecimiento más rápida en la relación gasto público-producto bruto interno de los últimos ochenta años. Por otra parte, la deuda del gobierno central se duplicó en los últimos diez años y representa el 70% del PBI de lo cual la mitad corresponde a extranjeros ya que el ahorro interno no alcanza para la financiación del aparato estatal. G. W. Bush pidió en cinco oportunidades autorización a la Legislatura para elevar el tope de la deuda.
Es de interés señalar que Jefferson indicó que de haber tenido la posibilidad hubiera introducido una modificación en la Constitución referida a la prohibición al gobierno de contraer deuda. En última instancia, esta deuda resulta incompatible con la democracia puesto que compromete patrimonios de futuras generaciones que no han participado del proceso electoral que ungió al gobierno que contrajo la deuda.
Si se proyecta el presupuesto del gobierno nacional de aquél país observamos que en 2017 todos los impuestos federales juntos no alcanzan a cubrir siquiera el programa de Seguridad Social. Bush prometió contraer la dimensión del Leviatán a niveles razonables pero no solo elevó el gasto utilizando el superávit que dejó la administración anterior, sino que incrementó el tamaño del aparato estatal que consumió aquél superávit, avanzó hacia un colosal déficit fiscal y continuó la escalada arrastrando el antes aludido endeudamiento hacia alturas inauditas en un contexto regulatorio que ahora ocupa 75 mil páginas adicionales por año.
La Reserva Federal se empeñó en comprimir la tasa de interés, lo cual falsea la relación consumo presente-consumo futuro que engaña a los operadores quienes encaran proyectos de inversión que aparecen como rentables pero que son en verdad antieconómicos. Ahora, el gobierno coactivamente echa mano a recursos de los contribuyentes como salvataje para empresas insolventes: 29 mil millones al JP Morgan para adquirir Bear Stearns, 100 mil millones para Fannie Mae y Freddie Mac, 300 mil millones para la agencia federal de la vivienda, 85 mil millones en préstamo a la aseguradora AIG al 11.5% quedándose el gobierno con el 80% de las acciones, la reincidencia en la creación del ente estatal esta vez con la debatida propuesta de asumir todos los créditos hipotecarios con problemas de pago en poder de la banca por aproximadamente 700 mil millones, además del aporte de otros bancos centrales “para inyectar liquidez” y políticas de tenor equivalente, todo lo cual revela una creciente latinoamericanización.
A este cuadro debe agregarse la patraña mayúscula de la “invasión preventiva” a Irak tal como lo explica Richard Clarke (asesor en temas de seguridad para cuatro Presidentes) y el cercenamiento de las libertades civiles en cuanto a la detención sin juicio previo, las escuchas telefónicas, la invasión al secreto bancario y la irrupción a domicilios sin orden judicial, lo que hace decir al juez Andrew Napolitano que “Si los crímenes del gobierno no se controlan, nuestra Constitución no significa nada”.
En mi libro reciente Estados Unidos contra Estados Unidos (Fondo de Cultura Económica) destaco los alarmantes desvíos en estos y en muchos otros frentes respecto de los extraordinarios principios rectores establecidos por los Padres Fundadores y el riesgo enorme que conlleva esa situación para el mundo libre. Pero lo que no puede decirse con un mínimo de seriedad es que este embate y extralimitación pavorosa del poder y la acción depredadora de empresarios prebendarios es el resultado de aplicar los valores de la sociedad abierta o el capitalismo.
Ya una vez ocurrió cuando algunos distraídos dijeran que la crisis de los años treinta “fue el resultado del capitalismo” sin percibir que los Acuerdos de Génova y Bruselas abrieron las compuertas al desorden monetario que condujo al boom de los años veinte y al posterior crack de los años treinta, agravado por las manipulaciones erráticas de la Reserva Federal tal como, entre otros, lo señalan Milton Friedman y Anna Schwartz.
En este análisis nos encontramos en un fuego cruzado entre los antinorteamericanismos fruto de la envidia y la incomprensión de marcos institucionales liberales y el fundamentalismo de irresponsables que pretenden justificar lo injustificable.
Una nutrida bibliografía muestra los graves problemas en la asignación de factores productivos debido a la concentración de ignorancia inherente a la manía estatista de la burocracia y la consiguiente arrogancia del poder, en lugar de establecer las debidas responsabilidades en el contexto de la dispersión del conocimiento que permiten procesos abiertos y competitivos. Para un baño de humildad recomiendo El cisne negro (Paidós) de N. Taleb donde se explican los peligros de la pretendida planificación de haciendas ajenas y “el oculto cementerio” que resulta de políticas desatinadas.
El autor es Doctor en Economía.

La paradoja de los celulares


Por Alberto Benegas Lynch (h)Diario de América
Por más que hayan instrumentos de gran utilidad que prestan innumerables servicios a la humanidad, si se utilizan mal no sirven a los propósitos para los que fueron concebidos originalmente. Este es, por ejemplo, el caso del martillo: si en lugar de utilizárselo para clavar una estaca o un calvo se lo emplea para romperle la nuca al vecino. Es el caso del mercado cuando en lugar de bienes y servicios que apuntan a la excelencia se demandan estupefacientes para usos no medicinales hasta perder el conocimiento y cuando se comercian dosis crecientes de armas para la guerra y aparatos de tortura. La culpa no es del martillo o de los procesos que sirven para conocer las preferencias y los arreglos contractuales de la gente, sino que se trata de un tema eminentemente axiológico.
Fenómeno parecido ocurre en nuestro tiempo con la telefonía celular. Sin duda que se trata de un instrumento de gran provecho para todo aquello que los usuarios estimen conveniente al efecto de lograr diversos propósitos personales, pero esto puede dividirse en dos planos bien diferenciados. En el primer caso se trata de usos para situaciones de emergencia, contactos urgentes y conversaciones que estrechan las vinculaciones entre las personas. En el segundo, en cambio, conjeturamos un fenomenal desvío de la comunicación de una envergadura tal que, en la práctica, significa la más palmaria incomunicación.
Veamos más de cerca este último plano. Da la impresión que se trata de quienes hacen alarde (en verdad resulta tragicómico) ante terceros de que se los requiere insistentemente. Están hablando con alguien pero interrumpen reiteradamente para atender llamados varios con lo que no están comunicados con el interlocutor con el que se hallan personalmente en contacto ni tampoco con los que se comunican telefónicamente en el contexto de absurdos tartamudeos telegráficos. En última instancia, no están comunicados con nadie.
Hay casos extremadamente ridículos y son cuando quien atiende un celular susurra que no le es posible atender en ese momento porque está en el cine o en una “reunión importante”. No se sabe para que diablos atiende en primer lugar, tal vez sea la irrefrenable tentación de contestar llamados ya que son en general personas sin agenda definida que se dejan dominar por los tiempos y las inquietudes de los demás con lo que van a la deriva según los llamados telefónicos que no resisten contestar.
Personalmente no digiero ese cuadro de situación. He debido decirle a mi interlocutor circunstancial en las oportunidades en que ha ocurrido ese desliz que elija si prefiere hablar por teléfono o estar conmigo porque me niego rotundamente a seguir conversaciones en ese clima donde cualquier intruso nos intercepta a la primera de cambio. En una oportunidad en que estaba conversando con tres personas, una de ellas se levantó para tomar una llamada en su celular e interrumpía con su voz chilllona nuestras deliberaciones desde la habitación contigua. Me levanté y cerré una puerta que nos separaba y advertí que le estaba arruinando el alarde a la del celular con lo que instantáneamente dejó de hablar porque no había material para trasmitir y el alarde ya no tenía sentido (a menos que lo pudiera hacer con un tercero al tomar otra línea y así sucesivamente).
Una persona con un mínimo de educación en una oficina, cuando recibe a otra, lo primero es decirle a la secretaria que no le pase llamadas. Por respeto y consideración elemental las comunicaciones son por turno riguroso, no hay tal cosa como las comunicaciones simultáneas por temas distintos con distintas personas. Las conversaciones pueden ser grupales hablando secuencialmente sobre temas comunes, ya sea de modo presencial o por conferencias a distancia pero nunca en medio del aludido cotorreo.
En el mundo de los “gerentitos” son habituales estos alardes debido a lo que podríamos bautizar como “el complejo de la ocupación permanente” o el “síndrome del gran trabajador”. Son en realidad los que duermen la siesta de la vida ya que no le dan cabida a lo relevante y los que muchas veces padecen la “crisis de los domingos” por el páramo existencial en el que están envueltos: la soledad los espanta porque no pueden oír la voz interior, como que no hay vida interior alguna. Apagado el celular solo queda la nada absoluta.
Ningún empresario o funcionario de jerarquía anda con el celular prendido a cuestas (y habitualmente sin celular a secas). Una comunicación implica respeto e interés recíproco, lo otro es frivolidad y simulacro de comunicación por ello es que resulta paradójico que en la era de los celulares hay casos en los que se acentúa la incomunicación. Es como si siempre se le diera prioridad al nuevo personaje que se interpone último sin que nadie en verdad tenga prioridad porque la vida se desdibuja en alardes, sin contenido, sin brújula y sin parámetro extramuros del celular.

martes, 9 de septiembre de 2008

Otra vez, un preocupante zafarrancho argentino

por Alberto Benegas Lynch
Cada tanto tiempo durante los últimas largas seis décadas la Argentina es noticia en los diarios del mundo por una nueva crisis que siempre parece terminal.
Un país que estuvo a la vanguardia de las naciones civilizadas desde la aplicación de su Constitución liberal de 1853 hasta la revolución fascistoide de 1930 y mucho peor, más degradante y totalitario, a partir del peronismo de la década siguiente. Antes de esto último los salarios e ingresos en términos reales del peón rural y del obrero de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia y, desde luego, mucho más elevados que los de Italia y España de aquella época. La población se duplicaba cada diez años. Los inmigrantes venían a “hacerse la América”. Competíamos con Estados Unidos en muchos rubros. Nuestras exportaciones estaban a la altura de las de Canadá y Australia. Los ámbitos culturales descollaban por sus niveles de excelencia. Los valores como el respeto a los derechos de propiedad y la palabra empeñada eran sagrados.
Tocqueville en sus reflexiones sobre la Revolución y el antiguo régimen en Francia conjeturaba que los países que cuentan con gran progreso moral y crematístico tienden a dar eso por sentado. Momento fatal porque se dejan espacios que son ocupados por otras corrientes de pensamiento. En el caso argentino fueron los keynesianismos, las doctrinas de la CEPAL, los nazi-fascismos, los colectivismos socialistas y demás variantes estatistas y autoritarias que derrumbaron al país hasta lo inconcebible.
Sin solución de continuidad esto viene ocurriendo con renovado entusiasmo para la demolición, a pesar de los meritorios esfuerzos educativos que tienen lugar en algunos islotes de gran solvencia. Hoy nos encontramos inmersos en la paranoia de un matrimonio gobernante que ha instalado con insistente vigor el resentimiento, la confrontación y la más inaudita prepotencia del aparato estatal. Pretenden manejar las vidas y las haciendas ajenas como si fueran propias. En nombre de los pobres, echan mano desaprensivamente al fruto del trabajo ajeno para “redistribuir”, esto es, volver a distribuir por la fuerza lo que pacíficamente distribuye la gente diariamente en el mercado con sus compras y abstenciones de comprar lo cual perjudica especialmente a los más necesitados al carcomer las tasas de capitalización que son la única causa de la suba de salarios en un contexto de marcos institucionales respetuosos de los derechos de todos.
El Congreso abdicó de sus facultades esenciales al delegar en el Ejecutivo el manejo presupuestario y cuando jueces se oponen a medidas expropiatorias como las mal llamadas “retenciones” (la palabra remite a algo transitorio y sujeto a devolución, lo cual no es el caso), resulta que es investigado, presionado y amonestado. El gasto público crece a pasos agigantados, el endeudamiento sobrepasa los pronósticos más pesimistas, se comprometen recursos adicionales de los contribuyentes para ruinosas reestatizaciones de empresas y se fortalece la amistad con el gobierno venezolano, especialmente con el tristemente célebre ejemplar del Orinoco, políticas cuyos resultados se hace todo lo posible por ocultar tras mentirosas estadísticas oficiales.
Claro que las ideas que conducen a este cuadro de situación no están paridas en la originalidad del actual gobierno. Vienen de atrás y están muy arraigadas en la sociedad argentina debido a un persistente prédica socialista que comienza en muchas cátedras universitarias y se expande en diversas direcciones en círculos concéntricos del mismo modo que ocurre con una piedra arrojada en un estanque.
La noción del derecho se ha resquebrajado hasta convertirlo en una grotesca caricatura. A todo derecho corresponde una obligación. Si el lector obtiene mil por su trabajo, existe la obligación universal de respetar ese ingreso, pero si pretende recibir dos mil cuando su remuneración es de mil y si se otorgara semejante “derecho” quiere decir que otro estaría obligado a proporcionar la diferencia con lo que se habría conculcado el derecho de ese otro. Esto significa un pseudoderecho. Vivimos en la era de los pseudoderechos: “derecho a una vivienda digna”, “derecho a una adecuada atención médica”, “derecho a la educación”, “derecho a vitaminas e hidratos de carbono” y, como casi lo propició la asamblea constituyente en Ecuador, “derecho al orgasmo”. Son todas aspiraciones de deseos pero no derechos ya que, precisamente, atropellan y lesionan el derecho con lo que los marcos institucionales se aniquilan, lo cual, a su turno, termina por afectar gravemente la condición de vida de los relativamente más pobres. Estas dos concepciones radicalmente diferentes del derecho son lo que explican las diferencias entre Uganda y Canadá.
El zafarrancho argentino es preocupante porque, además, significa una burla a los procedimientos republicanos más elementales y una mofa a la democracia que, como explican Sartori, Hayek y tantos otros, se basa en la noción del respeto por los derechos de las minorías. Como el liberalismo está siempre en ebullición y no hay palabras finales, debemos estar atentos a otras contribuciones que fortalezcan las autonomías individuales como las que ahora proponen autores de la talla de Anthony de Jasay, pero, mientras, por lo menos tengamos en cuenta los valores mínimos sobre los que se sustenta el sistema que actualmente evocan quienes desean vivir en una sociedad abierta.
Las autoridades argentinas no se dieron por enteradas de la caída del muro de la vergüenza en Berlín que se debió a la imposibilidad de llevar a cabo contabilidades, evaluación de proyectos ni cálculo económico alguno mientras no se respete la propiedad privada que permite al existencia de precios que constituyen las únicas señales para operar en el mercado. Los megalómanos insertos en el aparato estatal argentino pretenden manejar precios sin percibir que inexorablemente imponen números que no responden a las estructuras valorativas imperantes.
En lugar de permitir el funcionamiento de millones de arreglos contractuales, los burócratas del momento tienen la arrogancia de pretender la coordinación de información que por su naturaleza se encuentra dispersa y fraccionada para, en cambio, concentrar ignorancia en la sede del gobierno. Los fracasos de tales políticas han sido reiterados y estrepitosos en los más diversos puntos del planeta pero funcionarios argentinos anacrónicos y tercos desvarían con el capricho y el empecinamiento de la economía regimentada, lo cual produce una Argentina empobrecida y encadenada.
Si en el siglo XIX, Juan Bautista Alberdi y sus colegas pudieron sentar las bases de una Argentina extraordinaria partiendo de una situación sumamente difícil, nosotros, si aspiramos a ubicarnos a la altura de esa estirpe, tenemos que ser capaces de revertir lo que ocurre y retomar una senda que nunca debimos abandonar.
Este artículo fue publicado originalmente en El Economista (España) el 19 de agosto de 2008.

domingo, 24 de agosto de 2008

La Teología de la libertad

Por Robert A. Sirico
The Wall Street Journal
Ahora la Iglesia ve la conexión entre el socialismo y la pérdida de libertades.
Los obispos, sacerdotes y otros líderes de la Iglesia Católica en Latinoamérica solían ser un aliado confiable de la izquierda, gracias a la influencia de la "teología de la liberación", la cual trata de ligar al Evangelio a la causa socialista. Hoy, la Iglesia empieza a reconocer la conexión entre el socialismo y la pérdida de la libertad, lo que está produciendo un cambio en su manera de pensar.
En una región que es más de un 90% católica, este cambio podría tener enormes implicaciones. Una Iglesia que haga hincapié en la libertad podría jugar un papel en Latinoamérica similar al que jugó en Europa del Este durante los años 80, como un contrapeso en defensa de la libertad, durante una época de auge del despotismo.
Una prueba de este cambio se encuentra en un comunicado reciente de los obispos católicos de Venezuela: atacaron la agenda política del presidente Hugo Chávez por su asalto a la libertad bajo el disfraz de ayudar a los pobres. Es moralmente inaceptable, decía el comunicado, y significa un retroceso para el país en términos del respeto a los derechos humanos.
El comunicado de los obispos desde Caracas no fue el primer desafío presentado por la Iglesia a Chávez. El fallecido Cardenal Rosalio Castillo presentó alguna vez la visión de la Iglesia sobre el socialismo bolivariano. El gobierno, explicó, aunque elegido democráticamente, se estaba transformando en una dictadura. Le preocupaban los resultados de este proceso. "Todos los poderes están en manos de una persona que los ejerce de una manera arbitraria y déspota, no con el interés de conseguir el bien común de la nación, sino por un proyecto político arcaico y retorcido: el de implantar en Venezuela un régimen desastroso como el que Fidel Castro ha impuesto en Cuba…"
En México, la Iglesia también se ha enfrentado a la izquierda radical. El mes pasado, un grupo de 150 personas asociadas con el socialista Partido de la Revolución Democrática (PRD) entraron a la catedral de la capital un domingo en la mañana cuando comenzaba la misa. La turba volteó bancos, denunció a los sacerdotes y pronunció arengas anticlericales. El PRD asegura que no fue directamente responsable. Pero el mensaje era claro: cualquiera que no esté a favor de la militancia colectivista está en contra de ella.
Estos son tan sólo dos ejemplos de la creciente tensión entre la Iglesia Católica y la extrema izquierda en Latinoamérica. En Argentina y Cuba, la Iglesia también está asumiendo el rol de la oposición.
Es importante anotar que los líderes de la Iglesia que están desafiando a gente como Chávez no están recomendando que la Iglesia se involucre en política. Su posición, que está de acuerdo con las enseñanzas del Papa Benedicto XVI, es que la relación entre la Iglesia y el Estado en Latinoamérica es compleja y que debería haber una separación clara. Pero también saben la importancia de preservar la libertad y el pluralismo.
Los casos de involucramiento político que hemos leído con más frecuencia tienen que ver con una colaboración con las llamadas "dictaduras de derecha". Pero no se sabe en qué sentido difieren del total control estatal o "dictaduras de izquierda". La teología de la liberación puede apelar al clero con conciencia social, sin embargo también politiza el rol de la Iglesia al bendecir otra forma de control totalitario.
La teología de la liberación apareció hace cerca de tres décadas. La Biblia inculca la preocupación por los pobres, dijeron los teólogos liberacionistas, y luego fueron un paso más allá al decir que Jesús fue un símbolo y defensor de la guerra de clases para expropiar a los ricos en beneficio de los pobres.
Hoy en día, la teología de la liberación aún está de moda y, debido a la confusión intelectual en Latinoamérica, muchos aún creen que el socialismo de Chávez, el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, e incluso de Fidel Castro, ofrece esperanza a los pobres. Cuando Chávez anuncia que "democratizará" las propiedades para golpear a los ricos, puede contar con los vítores de muchos admiradores religiosos.
Los líderes sinceros de la Iglesia, que están justamente convencidos de su misión especial para asistir a lo pobres, a veces son atraídos por la falsa esperanza de que impuestos más altos, la redistribución de la tierra, la nacionalización de las industrias y los grandes proyectos gubernamentales ofrecen una salida. Esto es trágico debido a que amenaza con inmiscuir a la Iglesia en la política, poniendo en riesgo su reputación y el mensaje del Evangelio en una agenda política.
Al menos 100 años de evidencia contradicen la afirmación de que un Estado más poderoso (eso es todo lo que la teología de la liberación ofrece) es el medio adecuado para el avance material. Nadie gana nada al aplastar a los ricos, aparte del Estado. Lo que la sociedad necesita no es la expropiación, sino una ampliación de las oportunidades para que todas las clases mejoren sus estándares de vida.
Sólo hay un camino hacia la liberación y es una genuina liberalización de la vida económica y política, que separe al Estado, no sólo de la Iglesia, sino de la cultura y de la vida comercial de la nación.
En mis viajes por la región he detectado una reconsideración honesta. Los líderes presentes y futuros parecen estar reconociendo que, para que la clase media crezca, se necesita tener una comprensión más vibrante de cómo funciona el mercado, en donde la gente se gana la vida. También existe la necesidad de un entendimiento más profundo de los riesgos morales y las oportunidades que la economía política presenta.
La Iglesia, pese a los terribles golpes a su credibilidad en los últimos años, está en la mejor posición para proveer liderazgo y asumir un rol de enseñanza en este momento. Los textos del Papa Benedicto proveen una base sólida. El Papa advierte sobre los riesgos del poder y sus efectos moralmente corruptores, así como los efectos materialmente corrosivos de las políticas socialistas.
La Iglesia puede proveer un liderazgo independiente en la sociedad. Sobre todo, debe haber una independencia de la política. Expandamos ese modelo de independencia a todos los sectores de la sociedad. Así, Latinoamérica se volvería menos vulnerable a los déspotas, desarrollaría una pujante clase media y aseguraría un futuro de libertad y prosperidad. En el rol de la oposición, la Iglesia Católica puede encontrar su verdadera voz como defensora de los derechos humanos y la libertad.
El Padre Sirico es presidente del Instituto Acton, en Grand Rapids, Michigan.

La importancia de la desigualdad

Por Alberto Benegas Lynch (h)
Todos los seres humanos somos distintos desde muy diversas perspectivas, lo cual hace que los resultados de nuestras acciones sean también distintos. Y esto permite la cooperación social, es decir, el intercambio de ideas, de bienes y de servicios. Si a todos los hombres les gustara la misma mujer o si todas las personas de dedicaran a la medicina el mundo estaría en graves problemas, tan complicados que sucumbiría la raza humana. La desigualdad en infinidad de manifestaciones humanas es, por tanto, una bendición. Hasta la conversación sería tediosa sin diferencias de perspectivas, intereses, vocaciones y talentos.
Dentro de estas desigualdades debe subrayarse la de rentas y patrimonios que en una sociedad abierta es fruto de las diferentes calidades de servicios y bienes que se ofrecen en el mercado a juicio de los consumidores. En la medida en que se acierte con los gustos y preferencias de los demás se obtienen ganancias y en la medida en que se yerre se incurre en quebrantos. Las consecuentes posiciones patrimoniales no son irrevocables. Dependen de la capacidad de ajustarse a los cambios que diariamente tienen lugar en las valorizaciones de las personas. Como los recursos son limitados en relación a las necesidades, esta es la mejor manera de que los factores de producción se encuentren en las mejores manos, lo cual, a su turno, hace que los ingresos y salarios resulten los más elevados posibles debido a que se maximizan las tasas de capitalización. Es lo que se denominan externalidades positivas.
Sin embargo, vivimos la era de la enfermiza obsesión por el igualitarismo. Se sostiene que en la carrera por la vida todos deben partir del mismo punto de largada para así tener “igualdad de oportunidades” y, en todo caso, los que mejor corren llegarán a los primeros puestos. Pero esta metáfora deportiva es autodestructiva ya que al que llega primero habrá que nivelarlo en la próxima largada de la carrera si se quiere seguir con la referida línea argumental de otorgar a todos iguales oportunidades, con lo que se habrá perdido el sentido del esfuerzo durante la carrera.
Como hemos apuntado en otras circunstancias, la llamada igualdad de oportunidades es incompatible y mutuamente excluyente con la noción de la igualdad ante la ley ya que para otorgar aquella igualdad deben asignarse derechos distintos. Si al mal jugador de tennis se le pretende otorgar igualdad de oportunidades con el profesional habrá, por ejemplo, que prohibirle a este último a que juegue con el brazo que habitualmente usa en el partido con lo que se habrá conculcado su derecho. La igualdad es ante la ley y no mediante ella. Para que todos tengan los mismos derechos no debe imponerse la igualdad de oportunidades, con lo que todos tendrán mayores oportunidades (no iguales). En uno de mis libros me detuve a analizar críticamente la obra de John Rawls sobre la materia, especialmente en lo referente a los talentos naturales y adquiridos. Aquí me detengo en otros aspectos.
En este contexto, la preocupación por atender la dispersión del ingreso a través del Gini Ratio y otras mediciones no resultan relevantes puesto que lo importante es el establecimiento de marcos institucionales que hagan posible el mejoramiento de todos, independientemente de las diferencias de rentas y patrimonios entre cada uno de los miembros de la sociedad, las cuales, como queda dicho, son el resultado de las respectivas productividades en un mercado abierto (no, desde luego, si se aceptan empresarios prebendarios que hacen negocios en los despachos oficiales).
Estas desigualdades resultantes son fruto de los resultados que cada uno produce y no del esfuerzo realizado (que podrá ser inmenso pero con resultados deficientes a criterio de los demás). Como dice Thomas Sowell, no se trata de lo que se conjetura ocurrirá en el tribunal de Dios el día del Juicio Final sino de lo que específicamente cada uno contribuye para atender los requerimientos del prójimo. También el mismo autor señala que la desigualdad está tan arraigada en la naturaleza humana que incluso la misma persona no es igual a si misma en días diferentes, pero a pesar de ello los esfuerzos del igualitarismo están tan popularizados que no solo el aparato estatal pretende distribuir ingresos (dice que no se debería utilizar esa expresión ya que “los ingresos no se distribuyen sino que se ganan”) sino que en manifestaciones cotidianas también se pone de relieve el deseo de la igualdad cuando se elimina el señor o señora o al religioso el uso de Padre, Pastor, Rabino o Muecín (a pesar de que no hay sacerdotes en el Islam) e incluso se eliminan los apellidos de las personas circunscribiendo la identificación al nombre de pila, lo cual, a veces, se extiende a los hijos que se dirigen a sus padres también por el nombre de pila, siempre al efecto de limar diferencias y generalizar la guillotina horizontal.

lunes, 4 de agosto de 2008

Apostillas sobre los Estados Unidos

Por Alberto Benegas Lynch (h)El Economista, Madrid
Resulta sumamente gratificante cada vez que se constata la independencia de criterio y la capacidad para la crítica y la autocrítica. Acaba de salir a la venta What Happened. Inside the Bush White House and Washington´s Culture Deception del ex portavoz de la Casa Blanca, Sott McClellan, el segundo de cuatro secretarios de prensa que estuvo con G.W. Bush cuando era gobernador de Texas y dos años al frente de la mencionada responsabilidad en la capital estadounidense.
Entre otras cosas, el libro de marras señala que el actual presidente optó por una campaña de propaganda política en lugar de decir la verdad al efecto de justificar la patraña de la llamada invasión preventiva en Irak que McClellan dice que fue a todas luces innecesaria. Esto no hace más que repetir lo dicho por personas responsables desde distintos rincones del planeta, lo cual fue confirmado con una claridad meridiana por Richard Clarke -el ex asesor en temas de seguridad para cuatro presidentes (incluyendo a Bush II)- en su escalofriante libro publicado hace más de cuatro años titulado Against All Enemies. Inside América´s War on Terror.
En éstas líneas quiero traer a colación unas reflexiones del entonces senador Robert A. Taft reproducidas en The New York Times en mayo 21 de 1940 al advertir de los serios peligros de que Estados Unidos se embarque en la Segunda Guerra Mundial: “Hay muchas más posibilidades de peligro de infiltración totalitaria que proviene del New Deal [de Roosevelt] de los círculos de Washington que todo lo que proviene de las actividades de los bandos nazis y comunistas” y que la entrada en la guerra “liquidará más fácilmente la democracia en América [Norteamérica] que la dictadura alemana”. Taft no hacía más que seguir la tradición estadounidense iniciada por George Washington, quien escribió en 1795 en correspondencia dirigida a Patrick Henry: “Mi ardiente deseo es, y siempre ha sido, cumplir estrictamente con todos nuestros compromisos en el exterior y en lo doméstico; pero mantener a los Estados Unidos fuera de toda conexión política con otros países”. Siendo Secretario de Estado de James Monroe, John Quincy Adams declaró que “América [Norteamérica] no va al extranjero en busca de monstruos para destruir. Desea la libertad y la independencia para todos. Es el campeón solamente de las suyas. Recomienda esa causa general por el contenido de su voz y por la simpatía benigna de su ejemplo.
Sabe que alistándose bajo otras banderas que no son la suya, aún tratándose de la causa de la independencia extranjera, se involucrará mas allá de la posibilidad de salir de problemas, en todas las guerras de intrigas e intereses, de la codicia individual, de envidia y de ambición que asume y usurpa los ideales de libertad. Podrá ser la directriz del mundo pero no será mas la directriz de su propio espíritu”.
Y, posteriormente, Henry Clay, en 1852, en la cámara de senadores, manifestó que “Por seguir la política a la que hemos adherido desde los días de Washington hemos tenido un progreso sin precedentes; hemos hecho más por la libertad en el mundo que lo que las armas pudieran hacer, hemos mostrado a las otras naciones el camino de grandeza”. La Primera Guerra hizo famosos a tres personajes desconocidos: Lenin, Hitler y Mussolini, y en la Segunda se entregaron las tres cuartas partes de Europa a Stalin.
Más adelante se intervino en Corea (un problema policial según Truman) y se dejó medio país en manos comunistas, se intervino militarmente en Vietnam para “salvarlos de la amenaza comunista” en una parte de su territorio y quedó todo el país bajo las garras comunistas, se intervino en Somalía para imponer orden y quedó el caos, se invadió Haití para establecer la democracia y quedó la tiranía, se inmiscuyeron en Bosnia y dejaron tras sí una guerra civil, irrumpieron en Kosovo para introducir una democracia multiétnica y comenzó “la limpieza étnica”, se impuso el Sha en Irán y dejó como resultado el fundamentalismo de los ayatholas y sus acólitos, se intervino reiteradamente en Centroámerica con el lamentable resultado de haber fortalecido las izquierdas a raíz de embajadores como James Cheek (Guatemala) que sostuvo que la solución para esos países “es un comunismo moderado” y Robert White (El Salvador) que insistía en su “apoyo incondicional a las políticas socialistas, que son las del futuro”.
Norteamérica mantuvo las tiranías de Ferdinand Marcos en Filipinas y de Suharto en Indonesia, 25.000 soldados invadieron Panamá matando 3.000 inocentes porque Noriega ya no respondía a las directivas de Washington y se sigue con la autodestructiva guerra antinarcóticos en Colombia con los mismos efectos que tuvo la Ley Seca en Estados Unidos. Esta nefasta política exterior ha tenido “como broche de oro”, en su momento, la financiación del gobierno de Estados Unidos a Bin Laden y también la financiación a Saddam Hussein.
Actualmente en Estados Unidos -que ha descollado como el baluarte del mundo libre y esperemos que revierta sus políticas de los últimos tiempos y lo siga haciendo- se lesionan gravemente las libertades individuales en nombre de “la seguridad nacional”. En verdad, resulta paradójico que, en su época, los así denominados “aislacionistas” respetuosos de la tradición estadounidenses, han sido más intergracionistas que los autistas modernos liderados por el cow-boy de hoy (que hasta camina con los brazos ubicados como si fuera a desenfundar un arma en cualquier momento) que también pone en jaque a la economía de su país debido a los astronómicos aumentos del gasto público y la fenomenal deuda estatal. En medio de esta cuadro patético de situación, la Secretaría de Estado en funciones -Condoleezza Rice- acaba de reclamar al Congreso un aumento del personal de planta para esa repartición...al efecto seguir con la faena “de construir y reconstruir naciones”(sic).
El autor es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias, en Argentina.

lunes, 21 de julio de 2008

Educación y des-educación

Por Alberto Benegas Lynch (h)
El tema que ahora abordamos es seguramente el más importante de cuantos se puedan analizar puesto que todos derivan de él. La premisa sobre la que trabajamos es que todos los seres humanos son únicos e irrepetibles y que , por tanto, el sistema mejor para el proceso de enseñanza consiste en la relación un profesor-un alumno al efecto de descubrir las potencialidades exclusivas de cada candidato.
Desafortunadamente, por el momento, este sistema resulta sumamente oneroso y, en consecuencia, se amortizan las erogaciones con la educación en grupo. Pero de allí no se sigue que todos deban ser tratados como una producción en serie o como una masa amorfa e indistinguible. Es en esta línea de pensamiento que destacamos la importancia de la competencia y de las ofertas muy diferentes para atender los muy distintos requerimientos.
Más aún, la relevancia de prestar atención a cada uno queda subrayado con que últimamente se ha puesto en evidencia en forma reiterada que los llamados tests de coeficientes intelectuales carecen de sentido en cuanto al establecimiento de un pretendido ranking de inteligencias ya que todos los humanos somos inteligentes para muy diversas materias (es la contracara de lo que ha dicho Einstein -que, dicho sea al pasar, como es sabido, fue calificado en el colegio con un IQ muy bajo- “todos somos ignorantes, solo que en temas distintos”).
A diferencia de lo que ocurría antaño, hoy en día, en prácticamente todos los países, se alude a la “educación pública” y a la “privada”. Ambas clasificaciones son falsas. En el primer caso es para ocultar la desagradable expresión de “educación estatal” (puesto que la educación que se ofrece en el ámbito privado es también para el público), tan bochornosa como la prensa estatal o la literatura estatal. En el segundo caso, allí donde existen ministerios o secretarías de educación y otras reparticiones igualmente absurdas cuya misión es imponer pautas, programas o textos, la llamada educación privada no es propiamente tal. En esa esfera solo es posible decidir la edificación del campus, el color de los uniformes y temas análogos, pero el producto que allí se expende proviene de las resoluciones de la burocracia, ergo la institución es de facto estatal aunque de jure aparezca como privada.
Las entidades estatales de educación se financian con impuestos de la misma manera que ocurre con todas las actividades gubernamentales. Todos pagamos impuestos, incluyendo los que nunca vieron una planilla fiscal, lo hacen vía las reducciones operadas en sus salarios como consecuencia de las mermas en las tasas de capitalización debidas a las erogaciones tributarias de los que desembolsan recursos directamente al fisco. Pensemos entonces en los más pobres, tan pobres que no pueden afrontar el costo de oportunidad de enviar a sus hijos a estudiar porque los padres los necesitan para sobrevivir. Esas personas, de hecho, están financiando los estudios de los más pudientes. Una enorme injusticia por cierto. Y quienes con gran esfuerzo pueden enviar a sus hijos a estudiar, si hacen un análisis tributario correcto, están forzados a enviarlos a instituciones estatales al efecto de evitar la doble matrícula y doble costo de la enseñanza.
Contemporáneamente se han propuesto los vouchers o créditos educativos que son de gran utilidad para mostrar el non sequitur: es decir, del hecho de que se afirme que se debe forzar el financiamiento de la educación de otras personas no se desprende que deban existir instituciones educativas estatales ya que se recurre a este mecanismo en el que el aparato estatal entrega recursos detraídos por medio de tributos para que cada uno de los que tienen bajos recursos ingrese a la asociación privada de educación que estime pertinente. Pero una vez comprendido este punto debe aplicarse el mismo análisis fiscal que hemos hecho más arriba, a lo que cabe agregar (debido a los mecanismos de selección a que suele recurrirse en estos casos) que resulta también en una flagrante injusticia que los menos dotados intelectualmente para aplicar a las ofertas existentes sean compelidos a financiar a los más preparados.
Por otra parte, igual que el resto de las empresas estatales, son alarmantes los guarismos que surgen del costo por año por alumno en las entidades educativas estatales respecto de las consideradas privadas debido a la diferente gestión impulsada por los respectivos incentivos. Incluso en muchos de estos cálculos no se computa el capital inmovilizado del campus ya que suelen tomarse solamente los gastos corrientes.
Se suele alegar el “derecho a la educación” sin percibir que a todo derecho corresponde una obligación. La propiedad de alguien que la ha obtenido legítimamente significa la obligación universal de otros de respetar esa posesión, pero si se pretende disponer de algo que no se ha adquirido y se otorgara el “derecho” a mantenerlo, esto significaría que se ha lesionado el derecho de otro a quien se obliga a ceder esa propiedad con lo que en verdad se ha establecido un pseudoderecho.
También se suele esgrimir “la igualdad de oportunidades”, lo cual implica necesariamente desconocer el precepto de la igualdad ante la ley. Si se apuntara a otorgar aquella igualdad a un jugador deficiente en tennis en un partido con un campeón, se deberá obligar a este último a que, por ejemplo, juegue con una sola pierna con lo que se habrá conculcado su derecho. En la vida, las diferencias entre las personas resultan en distintas oportunidades. De lo que se trata es que todos tengan más oportunidades pero no iguales. Esto resulta posible lograrlo si no se desconoce la igualdad ante la ley para imponer en cambio la igualdad mediante la ley.
En otros casos se argumenta que la educación sería lo que técnicamente se conoce como un “bien público”, lo cual, independientemente de las objeciones a esta figura, ni siquiera calza en esa categoría puesto que la educación no sigue los principios de no-rivalidad y no-exclusión.
En otro orden de cosas, la politización en materia educativa arruina la adecuada trasmisión de conocimientos y en no pocas ocasiones se imponen ideas trasnochadas desde el vértice del poder según los caprichos de los funcionarios de turno. El necesario clima de excelencia tiene lugar en donde hay puertas y ventanas abiertas de par en par por las que entra todo el oxígeno disponible en ámbitos competitivos en los que se ofrecen las más variadas posibilidades insertas en mecanismos flexibles al cambio y la actualización, según sean las teorías rivales existentes. No es factible ni coherente educar para la formación de seres libres en base a la coacción.
Por último, la educación es un delicado proceso en el que los profesores pueden incentivar al alimento intelectual pero el educando debe ser receptivo: la mente es como una puerta en la que el picaporte está ubicado del lado de adentro...por más que se golpee si no se abre no hay conocimiento posible. Los incentivos necesarios operan en contextos donde hay arreglos libres y voluntarios entre padres y educadores o entre éstos y los propios interesados, lo cual, desde luego, incluye las becas y las portentosas obras filantrópicas para la capacitación realizadas con recursos propios. Lo contrario es des-educar y entrenar ignorantes y resentidos.
De allí es que el home-schooling tenga tanto éxito y, como apunta The Economist, oficiales de admisión de universidades de prestigio quedan tan impresionados con el buen nivel de preparación, con los modales refinados y las adecuadas vestimentas de los candidatos entrenados en este sistema, para no decir nada de los problemas que se evitan de drogas, sexo y violencia frecuentemente presentes en casas de estudio estatales.
Y no es que en las instituciones privadas no hayan problemas, se trata de que cada uno pueda elegir y cambiar sin verse compelido a financiar actividades que no comparte y que voluntariamente no está dispuesto a sostener. Pero para las necesarias salvaguardas y para que sea operativa la flexibilidad en los autocorrectores es indispensable, insistimos, que los centros de estudios privados sean realmente privados y evitar otro canal por el que se pierde independencia del aparato estatal: los subsidios bochornosos como los que señala Richard Pipes en cuanto a que universidades como las de Columbia, Harvard y Princeton llegaron a recibir respectivamente el 50%, el 38% y el 32,4% de sus presupuestos totales del gobierno federal.
Por todo lo dicho es que Ludwig von Mises ha escrito que “ En realidad hay solo una solución: el estado, el gobierno, las leyes no deben ocuparse de los colegios ni de la educación. Los fondos públicos no deben ser utilizados para esos fines. La crianza y la instrucción de la juventud debe dejarse enteramente en manos de los padres y de las asociaciones e instituciones privadas”.